2013Archive

Dec 27

Después de estos días de fiesta y mientras preparo las maletas para conocer uno de esos llamados países en vías de desarrollo y ver cómo es su proceso de modernización en primera persona (y no desde hoteles de cinco estrellas de la capital como hacen los técnicos del FMI o del BM) leo la contrarréplica de Juan Ramón Rallo, antiguo vecino mío en Valencia, al profesor José Luis Ferreira. El origen del debate está en las acusaciones de pseudocientifismo formuladas por Profesor Ferreira contra la escuela austriaca. Como es obvio, para el autor de este blog el debate no tiene sentido, porque pseudociencia es, precisamente, la economía por pretender tener la autoridad y validez de las ciencias exactas cuando tanto su metodología como objeto de estudio, por mucho que intenten matematizar, no difieren de los de la historia y, por lo tanto, no pueden más que aspirar a estudiar una agregación de casos particulares que refieren a situaciones sociales pasadas y, en consecuencia, jamás podrán establecer leyes universales ni validar mediante experimentación teorías fuertes omnicomprensivas. Esto no significa que los economistas digan siempre disparates, pero son una pseudociencia por pretender ser lo que no son, no por decir disparates. El psicoanálisis o el marxismo tampoco dicen siempre disparates, pero, como pretender asignarse autoridad científica, son pseudociencias. Como es lógico, muchos economistas disfrutan de un gran prestigio social y reputación porque han sido capaces de asentar la condición científica de su disciplina gracias al uso sistemático de modelos matemáticos y los insultos recibidos en estos dos últimos meses me demuestran cómo de celosos son de su estatus social. Es evidente que harán todo lo posible para no transformarse en una disciplina académica como la historia, porque eso implicaría el fin del poder que detentan y ejercen, así como su proyecto de reducir los espacios de deliberación democrática.

Sirvan estos párrafos aclaratorios para posicionarme en esta controversia, aunque el punto que me interesa destacar es la actitud del Profesor José Luis Ferreira. Como ha argumentado correctamente Rallo, los ataques de Ferreira no son más que un cúmulo de prejuicios que intentan esconder su profunda ignorancia sobre epistemología. Para ilustrar la debilidad de los argumentos de Ferreira es aconsejable comparar qué ha escrito sobre Mises o Hayek con Panorama de Historia del pensamiento económico de Screpanti y Zamagni. Los dos autores de este manual, discípulos del segundo Hicks y herederos de Sraffa, es decir con una sensibilidad marxista pese no serlo, tratan con rigor y profundo respeto intelectual a la escuela austriaca, a quienes consideran los auténticos padres de la actual síntesis neoclásica. Por lo tanto, no tiene sentido la postura de Ferreira, quien intenta demostrarnos que el positivismo lógico usado por la síntesis neoclásica es la economía científica, cuando Friedman o Lucas son los herederos directos de la escuela austriaca.

Por esta razón, se hace patente que las intenciones del Profesor Ferreira no son honestas. Está intentando desacreditar públicamente a los anarcocapitalistas que él vincula con la escuela austriaca porque considera que es necesario desautorizarlos y ridiculizarlos en la esfera pública, ya que los considera socialmente peligrosos. En consecuencia, para lograr ese fin que él considera bueno, no reparará en los medios y si debe ser deshonesto desde un punto de vista intelectual, pese su formación académica, lo será. Esto es consecuencialismo: el fin justifica los medios. En un primer momento, como mi sensibilidad es democrática y de izquierdas, podría justificar el comportamiento de Ferreira, porque ideológicamente me separa un abismo moral del darwinismo de los anarcaps, pero yo no soy consecuencialista. El fin no justifica los medios y el proceder del Profesor Ferreira no es honesto. El Instituto Juan de Mariana me produce repulsión, pero no usaré la censura o el insulto para enfrentarme con ellos, comportamientos que, por otra parte, los economistas mainstream sí han usado conmigo en los debates públicos, por cierto.

Por otra parte, las intenciones del Profesor Ferreira de combatir el mal intelectual tampoco me parecen tan nobles. En sus escritos, no puedo evitar ver sus ataques a la escuela austriaca como una pose dirigida a agradar a los sectores de izquierda. Parece como que Ferreira quiere desligarse del ultraindividualismo de los anarcocapitalistas para aparecer como un socialtecnócrata preocupado por el bienestar de la colectividad. Esto, empero, es una operación política muy torpe, porque Ferreira apela a Friedman o Buchanan como fuente de autoridad para ridiculizar a los austriacos, pero, más allá del patrón oro y el enfoque epistemológico, no hay diferencias significativas. De hecho, los métodos científicos que tanto defiende Ferreira llegan a las mismas conclusiones que la escuela austriaca, porque se construyeron para determinar científicamente esas conclusiones, mientras que la escuela austriaca, más honesta en este punto, las defendía por razones ideológicas y morales.

Este furibundo ataque de Ferreira a la escuela austriaca tiene como objetivo convencer a los economistas con sensibilidad de izquierdas de las bondades del paradigma vigente en la disciplina y de la posibilidad de que dentro de la economía académica exista un debate abierto y racional, si se acepta la validez de sus modelos científicos, aunque esos modelos, precisamente, eliminan cualquier consideración social o política del análisis económico. Sin embargo, mediante la exhibición de autoridad académica mezclada con un discurso ilustrado kantiano se intenta a apelar a nuestra confianza en la honestidad de estos economistas académicos libres de prejuicios ideológicos e intereses personales, a diferencia de los austriacos que sí son fanáticos y sí cobran de las grandes empresas por defender sus postulados. De este modo, se criminaliza a los austriacos para legitimar al establishment académico que, como se ha señalado en este blog, violan sistemáticamente el código ético de un universitario y no tienen reparos en censurar o cobrar por defender sus ideas. Así es como se presentan como una autoridad científica neutral que aplicará las medidas racionales y necesarias para lograr el progreso. Un progreso que no es kantiano, porque no se funda en ideales trascendentales, sino que es plenamente utilitarista: la suma de los goces individuales.

Por lo tanto, la principal diferencia está en la retórica, porque como los austriacos asumen los postulados de la ilustración escocesa, no pueden apelar a esa autoridad, a ese tecnócrata, para validarse científicamente. Su escuela creció como reacción al comunismo, otra forma de despotismo ilustrado tecnocrático, y se definió contra la jerarquía del conocimiento. Ese anarquismo epistemológico les inhabilitó para ser tecnócratas y jugar a la política dentro de las instituciones públicas y los partidos políticos. Como ha destacado el Profesor David Sarías en un trabajo reciente, Benjamin Milton Friedman fue plenamente consciente de esa situación y, por eso, forzó su ruptura intelectual con Hayek y construyó la pretensión de validez científica de su disciplina mediante un ridículo remedo del positivismo lógico. Fue la política y las ambiciones personales de Friedman y de Lucas la razón que explica esa supuesta “síntesis” neoclásica que refuta científicamente los modelos keynesianos de Samuelson y que determina matemáticamente que el Estado sobra. Los austriacos pensaban lo mismo, pero tenían la decencia de no atreverse a afirmar que eso estaba demostrado matemáticamente, porque era una estupidez que ofendía a sus inteligencias.

En un primer momento, desde mi perspectiva, esta riña entre primos hermanos podría parecer intrascendental, porque tanto Hayek como Friedman en lo personal me producen un malestar notable. Como ya he comentado, su militancia como intelectuales al servicio de la retórica de la Guerra Fría ayudó a santificar el golpe de Estado de Chile y armar el constructo académico de regímenes autoritarios y regímenes totalitarios que critiqué duramente en el capítulo final de mi libro Max Aub o la democracia inquebrantable. No obstante, no puedo negar el mérito intelectual de Hayek y su contribución válida y significativa al pensamiento. Por el contrario, Friedman sólo escribió obras de circunstancias oportunistas con el único fin de acrecentar su influencia y repercusión mediática. Dentro de cien años, de Friedman sólo se explicará que su fatal arrogancia le hizo formular una teoría tan ridícula, pretenciosa y errada como el monetarismo, mientras que los debates Keynes versus Hayek seguirán marcando la cesura irreconciliable entre las distintas escuelas de economistas. Por otra parte, si bien puedo sentirme moralmente distanciado de los principios axiomáticos de la escuela austriaca, comparto epistemológicamente un tronco común con el libro La acción humana de Mises, ya que es el Max Weber antimarxista la principal influencia del austriaco. En este sentido, los austriacos son más honestos porque sus planteamientos epistemológicos conducen irremediablemente a un debate político e ideológico sobre nuestros principios morales. Su ciencia, por fundarse en un individualismo metodológico fuerte explicitado, sólo puede ser, paradójicamente, ideológica, social y política. Por lo tanto, sólo puede haber con ellos un debate político, pero jamás una discusión científica. Los partidarios de la ciencia económica mainstream, por su parte, niegan la existencia de un debate en esos términos y lo quieren reducir a demostraciones matemáticas que confirman neutralmente sus propios postulados.

Los anarcaps ultraindividualistas con su fundamentalismo de mercado y la defensa de la compraventa de órganos pueden parecernos peligrosos o inofensivos por grotescos, pero, en términos generales, están defendiendo lo mismo que los prestigiosos economistas de NeG o los socialtecnócratas de Politikon, con la diferencia de que los austriacos, por ser coherentes, no son hipócritas. Si alguien considera que exagero, sólo debe recordar el artículo del izquierdista Roger Senserrich sobre la tragedia de Bangladesh. Como comentó el bloguero Isidoro Lamas, la única diferencia entre Politikon y el Instituto Juan de Mariana es el patrón oro.

NOTA 29/12/2013: Hay un claro intento del Profesor Ferreira de separarse de Hayek abrazando a Friedman incomprensible. Para comprobar su nulo conocimiento sobre filosofía política o historia, es aconsejable leer este post suyo sobre la Constitución de Cadiz (Esa Constitución no afirmaba que el Rey lo fuese por la gracia de Dios, sino por la Soberanía del Congreso. Citar sin leer es feo, aunque los economistas se crean con derecho a ejercer esa práctica) http://todoloqueseaverdad.blogspot.com.es/2012/03/lo-confieso-soy-un-liberal.html Es notable su intento de hacernos creer que Tatcher y la Escuela de Chicago no tienen nada que ver (en serio, lo afirma), pero sus respuesta a "Invitado de honor" en los comentarios es también antológica. Uno se queda con la duda de si hay mala intención o simple tontuna, sinceramente.

Dec 20

Publica el Profesor Anxo Sánchez una interesante entrada sobre secuenciación del ADN mitocondrial que tiene un párrafo, me temo, dedicado al autor de este blog:

Así las cosas, es necesario tener otras herramientas, otros criterios, para clasificar los fósiles que nos vamos encontrando, y poder así reconstruir la historia de nuestro linaje. Y es por eso por lo que el trabajo del ADN de los fósiles de la Sima de los Huesos es tan importante, porque es un salto cualitativo en ese trabajo de reconstrucción. Contra lo que sostienen algunos, basándose en criterios que no alcanzo a comprender muy bien, de que la matematización de las ciencias sociales las corrompe y las hace inútiles y de hecho perjudiciales, en mi opinión, y en consonancia con la filosofía de NeG de que es necesario apoyar las conclusiones en datos cuantitativos bien analizados, la técnica desarrollada por los autores del artículo nos va a  permitir, andando el tiempo, aclarar nuestras ideas de manera definitiva.

Sólo comentarle unas cositas, estimado profesor:

1) La paleontología no es una ciencia social.

2) La genética no es una ciencia social.

3) Datos cuantitativos no es lo mismo que regresiones lineales.

4) Para matematizar, primero es necesario definiciones realistas que cumplan con el criterio de representación o correspondencia.

5) La matematización no siempre puede usarse para suplir los vacíos de datos empíricos.

Entiendo que alguien de su posición crea que la genética es una ciencia social y es muy revelador de los problemas que apremian a la gente de NeG, pero, por ahora, no parece que los genes tengan voluntad o intenciones. Sé que están empeñados en demostrarnos que no hay diferencia entre un gen y un ser humano y que su individualismo metodológico sólo puede ser coherente si el individuo es atomizado hasta el extremo de disolver la sociedad o la cultura. Están en ello y lo hacen muy bien. No dudo de que el futuro sea suyo, pero no les voy a aplaudir en el camino. Especialmente, porque ese camino lo pavimentan con muy mala ciencia.

Por cierto, gracias a los enfoques genéticos de Hamilton y Price el consenso científico sobre la desaparición del Neandertal era la tesis del hombre cazador. Es decir, que nuestra especie, a tenor de nuestros impulsos egoístas y competitivos, había aniquilado a la otra gracias a la eficiencia de nuestra tecnología. Eso es lo que afirmaba científicamente la genética. Los partidarios del cruce entre especies eran los raros hippies y pacifistas que sólo tenía prejuicios ideológicos. Es divertido ver cómo la genética, que sí es una ciencia a diferencia de la economía, está refutando los prejuicios de los científicos y confirmando la ideología de los hippies. Ya veremos, pero esto, por ahora, debería computar como lección aprendida en su haber.

Dec 20

Las referencias que me ha pasado Campos sobre el debate Krugman-Ferguson, me han hecho prestar más interés a mi propia formación intelectual, razón que me ha movido a repasar qué leía y escribía hace más de 10 años. Mi obsesión con la política monetaria empezó en 2001 ante las estúpidas campañas pro Euro de nuestro gobierno, que, con cancioncitas publicitarias, nos decía que todo sería maravilloso. En aquella época pensaba que nuestros gobernantes nos tomaban por imbéciles, pero, con el tiempo, descubrí que los imbéciles eran ellos y que no había ninguna inteligencia de orden superior al mando. Los que estaban en la cúpula del FMI, del BCE o del BM sabían tanto de economía como yo, porque llegado a cierto punto, no se puede saber más. El resto es simple ficción matemática desconectada por completo de la realidad.

En el curso de 2003, a la edad de 21 años me decidí a poner por escrito mi nivel de conocimientos. Como mis profesores de la universidad daban una explicación demasiado limitada sobre la crisis del Estado del bienestar, me propuse hacer un trabajo ambicioso sobre la crisis del modelo keynesiano que destacase la no convertibilidad del dólar decretada el 15 de agosto de 1971 por Nixon y las consecuencias de la guerra de Vietnam. Su título era Keynes contra Hayek: más de doscientos años de broncas monetarias y empezaba con las guerras napoleónicas y los debates del Bullion Comité para terminar con la formación del Euro y la guerra de Irak. En definitiva, mostraba la política monetaria como un instrumento político al servicio de los intereses y estrategias de los gobiernos y cómo el aumento de la masa monetaria era la única forma de financiar una guerra. De hecho, la guerra de Vietnam fue el punto de ruptura de aquella máxima de Samuelson de producir tanques y mantequilla, pero todavía no hay consciencia suficiente de la alta factura social que impuso aquella estúpida masacre alentada por el mucho más estúpido economista W.W. Rostow.  Por esta razón, reproduzco íntegramente y sin modificar las conclusiones de dicho trabajo, escrito en mayo de 2003 a la edad de 21 años:

Reflexionas finales: ¿Europa será socialdemócrata o no será?

            Recuerdo que a principios de Noviembre del 2001, cuando aún se disfrutaban los efectos del tándem Clinton-Greenspan, déficit cero+tipos de interés bajos, yo estaba preocupado porque el Banco Central Europeo se empeñaba en seguir bajando los tipos de interés. Estábamos viviendo los últimos días de la peseta, todo el dinero negro acumulado tras tantos años de esfuerzo se estaba “quemando”, y la inflación estaba desbocada. Dusseldorf actuaba, como siempre, bajo los dictados de Alemania, y consideraba que había que ayudar a su economía, en especial a las exportaciones. Nadie quería asumir que se estaba entrando en una crisis o depresión, y se hablaba de ralentización, ni tan siquiera desaceleración Esta inyección de líquido, pensaba yo erróneamente bajo supuestos monetaristas, podía estimular el crédito, la demanda y el endeudamiento, y se lograría un pequeño acelerón, que se pagaría con una caída más brusca en un futuro casi inmediato. Mi opinión era que se debían subir los tipos, aunque esto obligase a algunas empresas a afrontar sus deudas, y conllevase la consecuente reducción de plantillas. El precio sería una breve recesión, pero la oferta se ajustaría a la demanda existente, y saldría reforzada la eficiencia. El problema es que a menos de dos meses de la entrada del Euro, nadie quería ni oír hablar de una pequeña recesión, ni tan siquiera de un Stop-and-Go. Se confiaba en el milagro Euro, que permitiría enlazar las bajadas de tipo con un aumento de la demanda, y una nueva fase de expansión. Era un momento de incertidumbre, y los más optimistas pensaban que el Euro mantendría una paridad uno a uno con el dólar, lo que no dejaba de producir risa, y los más realistas hubiésemos firmado un tipo de cambio de un Euro por ochenta céntimos. Ahora lo que produce risa es lo que pensábamos los mas pesimistas (en el día que escribo estas líneas, un Euro se cambia por 1’10 dólares), pero claro, no podíamos imaginar la nefasta política económica de Bush hijo que, imitando fielmente a Reagan, ha logrado otro déficit abismal con los tipos de interés más bajos que se han registrado jamás en los Estados Unidos, es decir, una depreciación del dólar más histórica que la del 15 de Agosto.

            A mediados de diciembre, aunque seguía siendo contrario a una bajada de los tipos de interés, ya era por otras razones. Estos eran inútiles, porque un aumento de la oferta monetaria, como había explicado Keynes, no produce un aumento de la demanda agregada de por sí. Sin el Estado que tirase del carro de la demanda, la economía alemana no podría remontar, y por lo tanto, unas tasas de crecimiento altas con superávit comercial, no apoyarían a una moneda con tipos bajos, y que encima, aspiraba a ser una reserva de valor alternativa al dólar. Pero el Estado no podía aumentar su déficit más allá del 3%, que es lo que defendían en aquellas fechas tanto Schröeder como Jordi Sevilla, sabiendo que esto no era posible. Lo único que se logró, fue atenuar esta suave caída que están siendo los dos últimos años. Se rebajó la inclinación de la pendiente, al dar tiempo a las empresas para afrontar sus deudas, a la vez que se lubricó la economía lo suficiente para evitar fricciones desagradables durante el descenso. Se ha instaurado, pues, una suave calma, de la que nadie sabe cómo salir. Mientras que en Argentina suenan las cacerolas, y el FMI nos exige que juguemos limpio y terminemos con nuestro proteccionismo agrícola, los sectores liberales viven su época dorada. La moneda ha sido desnacionalizada, pese a dirigirla indirectamente Alemania, la política fiscal ha perdido toda su efectividad, y ya sólo queda liberalizar totalmente el mercado laboral y terminar con el actual dualismo, y de paso, permitirse el lujazo de suprimir unos sindicatos ya de por sí fútiles.

            Sin embargo, la situación es pasajera. Tarde o temprano, se constituirá un Parlamento Europeo soberano, es decir, con la capacidad de aprobar impuestos. Esto dará fin a la actual situación, donde lo único que un Estado logra con una política fiscal limitada a su soberanía, es aplicar medidas retardatarias que lo perjudican de forma comparativa ante otros países de la Unión Europea. Del mismo modo, un sindicato que cumpliese de forma adecuada con sus objetivos, hundiría la economía de cualquier país europeo. Cómo será la Unión Política, ya es otro tema. Y preguntarse si el keynesianismo será traspolable a esa futura organización política, no tiene demasiado sentido hasta saber cómo será definida. Puede que suponga su hegemonía definitiva o unas vacaciones de fin de semana antes de volver a la tumba por la repetición de los mismos errores. Sea como sea, actualmente la Unión Económica y Monetaria sólo repite un mensaje: “sed competitivos”, que significa trabajad más por menos. Si se quiere evitar el cada día más evidente deterioro del nivel de vida, y la bipolarización de la economía, la construcción de las barricadas que decía Lord Kelvin, el Estado debe funcionar como un redistribuidor de la renta, porque el libre mercado logra su eficiencia haciendo a los ricos más ricos, y a los pobres más pobres, tanto cuantitativamente como cualitativamente (es aquella imagen de “un hombre con cinco millones puede hacer más cosas que cinco hombres con un millón”). Los efectos se pueden esconder pasando la parte más dura de la factura a la inmigración, pero esto no hace más que abrir nuevos focos de tensión. Y ya no hablemos de la economía mundial, del deterioro de los términos de intercambio que decía Prebisch, ni de etc, etc… Desorientación para los próximos lustros, y una tenue luz, que no deja de ser una ilusión,  en el final del camino. El problema más grave no es que no sepamos muy bien lo que se debe hacer para lograr una construcción política de Europa exitosa, es que tampoco sabemos muy bien lo que no se debe hacer.

Visto ahora en retrospectiva, mi pesimismo de 2003 pecaba de optimismo, pero eso se fue corrigiendo con el paso de los años. De 2003 al 2013 Europa, simplemente, no ha hecho nada de lo que esperaría que hiciera y de esa suave calma se salió imprimiendo más y más billetes que generó una burbuja inmobiliaria de dimensiones catastróficas. ¿Qué raro que ocurran estas cosas? ¿A largo plazo, la política monetaria no era neutra o algo así? Lástima que Friedman haya muerto, me gustaría preguntárselo.

Dec 18

Ayer tuve un encontronazo con la famosa starlet de Twitter Barbijaputa  y es interesante y pertinente comentarlo porque su modus operandi en el debate público es similar al de los superacadémicos que aquí he criticado en anteriores ocasiones. El origen de la disputa fue su reacción a las críticas recibidas por un usuario al que su broma: Ayer leí que uno de cada tres cánceres son provocados por la mala alimentación y llevo 24horas comiendo espinacas. Vosotros qué tal todo? no le gustó. Su comentario fue Mejor no frivolizar con ese tema, no? o lo encuentras gracioso? y la réplica de la starlet: perdona que no te haya contestado hasta ahora, estaba cenando y haciendo la metástasis.

Como es obvio, los comentarios de Barbijaputa, más que graciosos, son estúpidos y propios de una persona con una edad mental de 6 años, que suelen ser quienes tienen problemas con comer espinacas. A mí no me ofendieron, pero el usuario que protestó no lo hizo para censurar o exigir límites en la libertad de la expresión. Lo hizo para recordar que la frivolidad puede resultar ofensiva. Sin embargo, recibió crueldad y arrogancia por Barbijaputa porque, como señaló otro usuario, quien estaba protestando sólo tenía 11 followers. Es decir, como es bajito, le podemos arrear con toda libertad. Algunas personas intervinieron para comentar que el tema tenía poca gracia, pero fueron mayoría quienes demandaron el uso de un humor sin límites y, si es posible, cruel con los débiles. En este punto, ‏@magAgrafa escribió: Perdonad, del cáncer también. Hacer humor sobre cáncer no provoca cáncer, ríanse tranquilos. Como se trataba de una afirmación falsa, me sentí obligado a participar para decir: No es humor sobre el cáncer. Es ridiculizar la prevención.

‏@magAgrafa me contestó: venga! O sea, chistes sobre cáncer SÍ pero sobre prevención NO. Amo vuestros límites y, para que entendiese que el humor no es como un juego lógico desconectado de la realidad sin una función social y consecuencias sobre nuestro comportamiento, le expuse: Cuando los chistes sobre matar a mujeres te resulten graciosos, me avisas. Llegados a este momento, cualquiera esperaría sensatez, especialmente de personas que gustan de adscribirse a posiciones políticas de izquierdas, porque estaba haciendo hincapié en un aspecto bastante obvio del sentido del humor: que es un privilegio. Como hombre blanco heterosexual en un mundo construido por el hombre blanco para el hombre blanco, mi situación es por definición de privilegio. Hace muchos años me de cuenta que podía permitirme reírme de mí mismo, porque eso no tenía consecuencias sobre mí. Por el contrario, si fuese mujer o negro, no podría hacer humor machista o racista porque, de ese modo, estaría legitimando ese tipo de actitudes. Este aspecto de la psicología, conocido como vulnerabilidad al estereotipo negativo, destaca cómo de influenciables y condicionables somos a los comentarios como los chistes y como escucharlos sin que reciban censura social sí afecta a nuestro comportamiento y promueven ese tipo de actitudes. Por esta razón, siempre que he escuchado a una mujer hacer o reírse de chistes machistas se ha dado la coincidencia de que se trataba de una persona frívola de elevada posición social gracias a una familia de derechas de toda la vida que podía ofrecerle el estatus y bienestar necesario como para permitirse el lujo de reírse de las mujeres, típicas bromas que, cuando tienes un empleo de currito y eres mujer, no suelen entusiasmarte. Hecha esta explicación, relatamos la respuesta de ‏@magAgrafa: Avisado quedas puesto que me matan de risa JUAS

Como no soy capaz de verle la gracia, replico: La frivolidad con el dolor ajeno no tiene gracia. Lo siento. Contesta: 1.confundes frivolidad con humor. 2.¿consientes chistes de ciegos, cojos, locos etc? también somos enfermos. 3.Rite. Le explicamos: Esos chistes sólo pueden ser graciosos si los hacen ciegos, cojos o locos para ellos mismos. Eso sí es humor. Aquí entra la superestrella Barbijaputa: ha dicho de verdad que los cojos han de hacer chistes de cojos y los ciegos de ciegos? Le intentamos explicar: No, hemos hablado de hacer humor del dolor. Eso sólo se lo consiento a quién sufre ese dolor. El resto calla. Su contestación: el de un ciego que le pregunta a un cojo "cómo andaa?" y el otro le dice "pues ya ves" lo tienen que contar entre dos.

Este chiste y el punto que Barbijaputa intentaba defender me parecieron interesantes, porque, al igual que los economistas que aquí he criticado por su pretensión de hacer una ciencia matemática pura y neutral desconectada de la realidad social, Barbijaputa defendía que el humor era un espacio neutro de equívocos lógicos del lenguaje. Para que entendiese que no era el caso, le escribí: Sería tan gracioso contarlo en una ventanilla de la administración para la ayuda a la dependencia. ¿Te animas? Su respuesta: jajajaja, madre mía... cuéntanos un chiste sobre disminuidos psíquicos, tú que puedes. Que bien, habíamos llegado a la descalificación personal. Pero, como soy una persona con sentido del humor, le contesto: Te dejo a ti los de pijas que atropellan a minusválidos y se dan a la fuga con su descapotable. Tienes maneras. Ya que tanto le gusta frivolizar, imagino que será fan de la serie de películas de terror Sé lo que hiciste el último verano que, después de todo, no es más que un sangriento chiste en defensa de nuestro derecho de atropellar a los infrahumanos sin soltar el acelerador para llegar a tiempo al lunch de una universidad top yanqui.

Me equivoqué, su respuesta fue escribir a sus seguidores que Me acaban de decir que soy una pija que atropella minusválidos en un descapotable. Superad eso. Esto lo escribió de tal manera que no pude leerlo para replicar, pero, además, era una especie de llamamiento a sus followers para que acudieran al rescate. Algo parecido a lo que hizo el Profesor José Mulet cuando discutí con él, con la diferencia que él tenía 14.000 seguidores y Barbijaputa casi 140.000. Desde ese momento, llegaron presto los pelotas a ayudar a la abeja reina con la esperanza de que, por servir a una starlet de las redes sociales, les haría retweets, promocionaría sus blogs o yo qué sé que alimentase su vanidad. Me tocó discutir con todos y contestarles a cada uno y recordarle a Barbijaputa que no fuese cínica, porque yo no había dicho lo que ella afirmaba. De todas formas, llegados ya a este momento era evidente que Barbijaputa sólo era otro personaje de farándula enfermo por alimentar su ego y necesitada de valoración social. Otra artista de las que pululan por este mundo. En consecuencia, no tenía mucho sentido discutir con alguien así y, por su pésimo ingenio, tampoco iba a ser divertido.

Sin embargo, es interesante destacar el funcionamiento de Twitter, que promueve esta crueldad, falta de empatía con el otro (¿Dónde está? ¿Quién es? ¿Cómo es?) sumada a los comportamientos gregarios de la jauría y la manada. Cuando alguien tiene pocos followers, es un don nadie y se le puede atizar con total libertad. Más aún, si te lo solicita una persona con miles de seguidores, que es importante, tiene acceso a los medios de comunicación y repercusión pública. Ante estos personajes, todos prestos a la llamada, no nos molestamos ni en leer el hilo de la discusión y defendemos los postulados de nuestro líder, aunque se trate de hacer apología de la violencia machistas (Sí, estimada Barbijaputa, es lo que defendiste ayer; pero como tú te podrías pagar un buen abogado, me temo, piensas que no te afecta tanto ese problema social).  El problema es que si esto es triste o patético que ocurra con los humoristas y personajes de relumbrón de los medios, es terrorífico que los economistas superestrellas, como hemos señalado aquí anteriormente, usen los mismos mecanismos sociales. Tenemos un problema grave y, sospecho, las redes sociales no son la solución. Lo seremos las personas, si alguien todavía recuerda que significa la palabra persona.

Dec 17

A raíz de la publicación del libro del Profesor José Luis Ferreira Economía y pseudociencia se ha iniciado un debate en Internet sobre el rango epistemológico de la economía. Como señalamos en un post anterior, Juan Ramón Rallo contestó a las afirmaciones de Ferreira reduciendo a la escuela austriaca a una pseudociencia, que, a su vez, han sido replicadas por el Profesor José Luis Ferreira en su blog en dos entradas. En la última de estas, he mantenido el siguiente diálogo con otro economista supuestamente versado en epistemología:

"Formalicemos el argumento de Ferreira
El grupo científico A que cuenta con los recursos y mecanismos de poder considera al grupo científico B no científico porque cuestiona el fundamento científico de la disciplina común.
Esto prueba que el grupo B no hace ciencia, pero que el grupo A sí hace ciencia.
Método científico en estado puro (de hecho Ferreira y Zamora tienen un paper defendiendo matemáticamente esta argumentación).
Vamos a discutir mucho en los próximos años. Les aconsejo guardar las formas y mejorar en modales, por cierto. El matonismo puede que en su área de conocimiento sea útil, pero no todas las facultades funcionan como los centros top de economía.
Atentamente,
Carles Sirera

McManus17 de diciembre de 2013 02:41

¿Cuándo te entrará en la cabeza que las dinámicas científicas NO SE REDUCEN a mero poder, AL PARECER UNA DE TUS VARIABLES FETICHE PARA EXPLICAR ESTAS COSAS? ¿Cuándo conseguirás comprender que en más de un caso, se cuestionan corrientes alternativas porque suman 2 + 2 = 5 en vez de 2 + 2 = 4?

¡¡Menos divagación patética!!

¡¡Y las formas importan un carajo, por cierto!! ¡LO QUE IMPORTA ES LO QUE SALGA DE LA CIENCIA EN SÍ! ¡CON INSULTOS O SIN ÉL!

Anónimo17 de diciembre de 2013 21:30

¿Lo que salga de la ciencia en sí?
Además de un mal educado matón, eres un metafísico de cuidado. De todas formas, es tu problema, porque tus simplismos sólo son reflejo de tu ignorancia y limitaciones. En este post sólo has insultado, chillado y apelado a tu propia autoridad. Sinceramente, hay porteros de discoteca con la cabeza más amueblada y mejor educación."

Sinceramente, estimados colegas economistas, ¿no son capaces de darse cuenta de que están enfermos? Les vuelvo a citar los trabajos de Adam Grant al respecto, pero les cuento un detalle de mi biografía para ilustrar este punto. Desde 1999 he participado en clubs deportivos y otro tipo de asociaciones lúdicas universitarias. He hecho kendo, esgrima, bailes y voluntariado en asociaciones integradas por universitarios. Debo haber interactuado con más de 300 universitarios, tanto estudiantes como profesores. Ninguna de esas personas era un economista y lo sé porque preguntaba a todo el mundo por su área de conocimiento. Algunos pensarán que serían los desocupados estudiantes de humanidades quienes no tendían nada mejor que hacer y, por eso, emplearían su tiempo en la interacción social. Lamento comunicarles que no. De hecho, había una buena proporción de físicos, matemáticos y bioquímicos. Pero, además, en la asociación de Joves Investigadors a la que pertenezco, con unos 50 miembros predoc y postdoc, no hay un solo economista. De igual modo, aunque no conozco a todo el mundo de la FJI, me temo, que tampoco hay economistas allí. En NeG podrán escribir todo lo que quieran sobre lo importante de la I+D+i y de lo preocupado que están como economistas sobre esta problemática, pero, a la hora de la verdad, los economistas sólo se preocupan de su propio culo, porque es lo que aprenden en sus facultades.

Por lo tanto, señores, tienen un problema grave, porque sus centros académicos promueven el autismo, la sociopatía o la psicopatía. Pero no se preocupen, que, seguramente, quien está mal es el resto de la humanidad por no querer vivir en el mundo que ustedes han diseñado para nosotros.

Dec 15

Este lunes expliqué a mis alumnos la crisis de 1929 con un diagrama de flujo circular que resumía el trabajo Charles P. Kindleberger y vinculaba la crisis agrícola de los Estados Unidos con la quiebra de Wall Street. Como siempre, los paralelismos con la crisis hipotecaria eran palmarios y permitían una fácil comprensión de lo ocurrido a estudiantes de primer año del Grado de Turismo. Al finalizar la lección y comprobar que no había sido necesario escribir ninguna fórmula matemática para entender un colapso financiero, no puede resistirme a comentar que, de todas formas, no me hiciesen mucho caso, porque, como afirmaría Lucas, Kindleberger y yo no éramos más que unos charlatanes con una pizarra. Reflexión en voz alta que me ha movido a recordar cómo fue mi proceso de aprendizaje de la crisis de 1929 y la consiguiente estupefacción que me produjo comprobar que todo el establishment académico no era capaz de ver la obvia e inminente crisis hipotecaria que se nos venía encima.

Fue en el instituto cuando empecé a leer libros de economía para comprender el crack del 29. En aquella época cayó en mis manos Estudios sobre el desarrollo del capitalismo de Maurice Dobb, que me empujó a leer Contribución crítica a la economía política de Marx, probablemente el único de sus libros que hizo una aportación significativa al pensamiento económico. Las incongruencias de las interpretaciones marxistas hicieron que en COU me decidiese a comprar Macroeconomía de Samuelson y Nordhaus. Su lectura  y, especialmente, la defensa de una falacia tan ridícula como el multiplicador del gasto público o la misma gráfica de mercado con sus curvas de OA y DA me convencieron de que la economía no era más que un reduccionismo de la realidad repleto de trampas matemáticas. Como dirían los economistas Screpanti y Zamagni, un entrenamiento matemático para anular cualquier capacidad crítica. Desde aquel entonces, asumiría como máximas vitales mi definición del mercado como dos curvas cruzándose en un punto o que los economistas hacen gráficas acrónicas porque, donde ellos meten la cantidad, nosotros ponemos el tiempo.

Sin embargo, la estulticia de los discursos oficiales sobre la maravillosa entrada en el euro del 2002, me impulsaron a retomar un estudio más riguroso de la crisis de 1929 y aprender más sobre teoría monetaria, porque allí estaba el quid de la cuestión. Además, para mi fortuna, la librería París-Valencia puso de oferta la colección de Historia Económica mundial del siglo XX de Crítica y pude comprar los volúmenes de Aldcroft, Kindleberger y van der Wee por un total de siete euros. Tras devorarlos, sólo quedaba leer las broncas entre Keynes y Hayek para hacerse una composición de lugar de qué pasó y sobre qué se discutió en la década de 1930 (confieso que mi antimarxismo de aquellos años me hizo ignorar a Kalecki, craso error). El conocimiento quedó sólidamente asentado y pude volver a Max Weber, los procesos de democratización y la teoría de juegos, los otros temas que ocupaban mi interés por aquellas fechas. Me licencié, obtuve una beca FPU para realizar mi tesis doctoral, dejé la hostelería y me puse a dedicarle horas y horas a los archivos (algún día me gustaría ver a economistas o politólogos hacer trabajo de archivo) hasta que a finales del 2005 un amigo de lucidez extraordinaria me comentó si había visto lo que estaba haciendo Greenspan en la Reserva Federal. Recordaba la preocupación que me produjo su espectacular bajada de tipos, junto el déficit de la Guerra de Irak, pero me había desentendido de la política monetaria de los USA. Entonces, me pasó una noticia publicada en El País sobre el aumento de los embargos hipotecarios en los Estados Unidos. Greenspan estaba subiendo escalonadamente los tipos y los dos vimos que el desastre se acercaba. Esa subida gradual no sería percibida por la gente, que seguiría endeudándose gracias a prestamistas irresponsables que confiaban en poder embargar sus casas para venderlas en un mercado alcista. No obstante, esos banqueros criminales que prestaban a quién sabían que no podía devolver se encontrarían con tantas casas que no podrían subastarlas y, de repente, el mercado dejaría de ser alcista y los activos se depreciarían a una velocidad superior a sus expectativas. Esto generaría un agujero difícil de tapar que se trasladaría a la banca seria, quienes eran, en última instancia, los prestamistas de los prestamistas irresponsables. Finalmente, ese agujero arrastraría a las instituciones más solventes.

Se trataba de un remix de la crisis de 1929 y era obvio y evidente que eso iba ocurrir. Para los dos, que habíamos leído a Kindleberger era tan previsible que, pensamos, las autoridades lo prevendrían y no tendríamos un colapso financiero. Nos equivocamos. En mayo de 2007, tras las elecciones y la locura de la F1 en Valencia, no tenía duda de que Bancaja, Banco de Valencia y la CAM quebrarían. Lo comentaba a todo el mundo y les pedía que, como mínimo, trasladasen todos sus planes de pensiones de esas entidades y bajo ningún concepto adquiriesen sus productos financieros. Algunas personas me hicieron caso, pero otros me contestaban que estábamos en Europa y que en Europa los bancos no quiebran. Después de todo, sólo era un doctorando en Historia. ¿Qué autoridad tiene un historiador ante todo el consenso científico de una ciencia como la economía?

La caída de Lehman Brothers no me sorprendió, si bien pensaba que las torpezas subsiguientes no tendrían la magnitud que tuvieron. En ese punto, necesitaba contestar por qué los economistas eran tan idiotas y fue, precisamente, al preparar mi primera explicación de la crisis de 1929 en febrero de 2009 cuando Charles P. Kindleberger me dio la clave. Cogí su libro El orden económico internacional (también comprado en París-Valencia por 3 euros. El conocimiento está en los libros, no en Internet) y su conferencia Las quiebras bancarias de 1985 me permitió ver claro. En ese texto, hacía una reseña de la Tesis Doctoral de Ben Bernake sobre la crisis de 1929. A grandes rasgos, venía a decir que su trabajo era una estupidez peligrosa, porque los planteamientos monetaristas reducían los problemas sociales y políticos a un mero formalismo técnico. El gran problema de la crisis de 1929 era cómo la banca seria de Nueva York había prestado a criminales y delincuentes, muchos de ellos de conocida reputación como estafadores, para que fundasen bancos rurales cuyo principal objetivo era aprovecharse del desconocimiento de los agricultores para aplicarles condiciones abusivas en unos préstamos que, gracias al mercado alcista, no se percibían como draconianos. Era ese problema social, ese problema político, la auténtica causa de la crisis de 1929, pero Bernake mostraba una teoría que purgaba del análisis cualquier consideración social o política en el debate económico. Ben Bernake, a quien en 2009 todo el mundo alababa por su gran conocimiento de la crisis de 1929, era el objeto de las críticas de Kindleberger porque veía que su contribución intelectual sólo podía servir a la ignorancia y el desconocimiento de las causas de la crisis financiera, pero como su teoría de que sólo se trataba de un problema técnico capaz de resolverse con el actual instrumental econométrico iba entusiasmar al establishment, Kindleberger ya intuía que el futuro sería de Bernake.

Así fue. Charles P. Kindleberger fue olvidado en las facultades de economía y sólo leído por un historiador despistado y otros heterodoxos marginados. A pesar de que su Problemas históricos e interpretaciones económicas. Estudios de historia financiera debería ser lectura obligatoria, me temo que nadie lo lee. De hecho, los economistas ya no necesitan leer libros gracias a las matemáticas. En estos últimos 20 años han aumentado de ese modo la eficiencia con la que emplean su tiempo. Tampoco sienten vergüenza por su soberbia y arrogante ignorancia. Me imagino la escena en un curso de doctorado en una universidad top de los USA: ¿Qué haces perdiendo tu tiempo con un libro de Kindleberger? ¿No sabes que Bernake lo ha superado? Kindleberger no hace ciencia, no usa casi fórmulas matemáticas. Ese hace historia, no es más que un charlatán con una pizarra.

Sin embargo, este lunes terminé mi clase diciendo que el gran problema tanto de la crisis de 1929 como de la actual es el hecho de que criminales sin escrúpulos llegaron y han llegado a puestos de responsabilidad en todos los escalafones del sistema bancario y, gracias a una coartada académica incuestionable, pudieron y han podido cometer sus tropelías con total impunidad. Al día siguiente, eldiario.es publicaba los correos de Miguel Blesa. Lástima que Ben Bernake poco pueda aportar al respecto.

Historia versus Economía