Dec 15

Este lunes expliqué a mis alumnos la crisis de 1929 con un diagrama de flujo circular que resumía el trabajo Charles P. Kindleberger y vinculaba la crisis agrícola de los Estados Unidos con la quiebra de Wall Street. Como siempre, los paralelismos con la crisis hipotecaria eran palmarios y permitían una fácil comprensión de lo ocurrido a estudiantes de primer año del Grado de Turismo. Al finalizar la lección y comprobar que no había sido necesario escribir ninguna fórmula matemática para entender un colapso financiero, no puede resistirme a comentar que, de todas formas, no me hiciesen mucho caso, porque, como afirmaría Lucas, Kindleberger y yo no éramos más que unos charlatanes con una pizarra. Reflexión en voz alta que me ha movido a recordar cómo fue mi proceso de aprendizaje de la crisis de 1929 y la consiguiente estupefacción que me produjo comprobar que todo el establishment académico no era capaz de ver la obvia e inminente crisis hipotecaria que se nos venía encima.

Fue en el instituto cuando empecé a leer libros de economía para comprender el crack del 29. En aquella época cayó en mis manos Estudios sobre el desarrollo del capitalismo de Maurice Dobb, que me empujó a leer Contribución crítica a la economía política de Marx, probablemente el único de sus libros que hizo una aportación significativa al pensamiento económico. Las incongruencias de las interpretaciones marxistas hicieron que en COU me decidiese a comprar Macroeconomía de Samuelson y Nordhaus. Su lectura  y, especialmente, la defensa de una falacia tan ridícula como el multiplicador del gasto público o la misma gráfica de mercado con sus curvas de OA y DA me convencieron de que la economía no era más que un reduccionismo de la realidad repleto de trampas matemáticas. Como dirían los economistas Screpanti y Zamagni, un entrenamiento matemático para anular cualquier capacidad crítica. Desde aquel entonces, asumiría como máximas vitales mi definición del mercado como dos curvas cruzándose en un punto o que los economistas hacen gráficas acrónicas porque, donde ellos meten la cantidad, nosotros ponemos el tiempo.

Sin embargo, la estulticia de los discursos oficiales sobre la maravillosa entrada en el euro del 2002, me impulsaron a retomar un estudio más riguroso de la crisis de 1929 y aprender más sobre teoría monetaria, porque allí estaba el quid de la cuestión. Además, para mi fortuna, la librería París-Valencia puso de oferta la colección de Historia Económica mundial del siglo XX de Crítica y pude comprar los volúmenes de Aldcroft, Kindleberger y van der Wee por un total de siete euros. Tras devorarlos, sólo quedaba leer las broncas entre Keynes y Hayek para hacerse una composición de lugar de qué pasó y sobre qué se discutió en la década de 1930 (confieso que mi antimarxismo de aquellos años me hizo ignorar a Kalecki, craso error). El conocimiento quedó sólidamente asentado y pude volver a Max Weber, los procesos de democratización y la teoría de juegos, los otros temas que ocupaban mi interés por aquellas fechas. Me licencié, obtuve una beca FPU para realizar mi tesis doctoral, dejé la hostelería y me puse a dedicarle horas y horas a los archivos (algún día me gustaría ver a economistas o politólogos hacer trabajo de archivo) hasta que a finales del 2005 un amigo de lucidez extraordinaria me comentó si había visto lo que estaba haciendo Greenspan en la Reserva Federal. Recordaba la preocupación que me produjo su espectacular bajada de tipos, junto el déficit de la Guerra de Irak, pero me había desentendido de la política monetaria de los USA. Entonces, me pasó una noticia publicada en El País sobre el aumento de los embargos hipotecarios en los Estados Unidos. Greenspan estaba subiendo escalonadamente los tipos y los dos vimos que el desastre se acercaba. Esa subida gradual no sería percibida por la gente, que seguiría endeudándose gracias a prestamistas irresponsables que confiaban en poder embargar sus casas para venderlas en un mercado alcista. No obstante, esos banqueros criminales que prestaban a quién sabían que no podía devolver se encontrarían con tantas casas que no podrían subastarlas y, de repente, el mercado dejaría de ser alcista y los activos se depreciarían a una velocidad superior a sus expectativas. Esto generaría un agujero difícil de tapar que se trasladaría a la banca seria, quienes eran, en última instancia, los prestamistas de los prestamistas irresponsables. Finalmente, ese agujero arrastraría a las instituciones más solventes.

Se trataba de un remix de la crisis de 1929 y era obvio y evidente que eso iba ocurrir. Para los dos, que habíamos leído a Kindleberger era tan previsible que, pensamos, las autoridades lo prevendrían y no tendríamos un colapso financiero. Nos equivocamos. En mayo de 2007, tras las elecciones y la locura de la F1 en Valencia, no tenía duda de que Bancaja, Banco de Valencia y la CAM quebrarían. Lo comentaba a todo el mundo y les pedía que, como mínimo, trasladasen todos sus planes de pensiones de esas entidades y bajo ningún concepto adquiriesen sus productos financieros. Algunas personas me hicieron caso, pero otros me contestaban que estábamos en Europa y que en Europa los bancos no quiebran. Después de todo, sólo era un doctorando en Historia. ¿Qué autoridad tiene un historiador ante todo el consenso científico de una ciencia como la economía?

La caída de Lehman Brothers no me sorprendió, si bien pensaba que las torpezas subsiguientes no tendrían la magnitud que tuvieron. En ese punto, necesitaba contestar por qué los economistas eran tan idiotas y fue, precisamente, al preparar mi primera explicación de la crisis de 1929 en febrero de 2009 cuando Charles P. Kindleberger me dio la clave. Cogí su libro El orden económico internacional (también comprado en París-Valencia por 3 euros. El conocimiento está en los libros, no en Internet) y su conferencia Las quiebras bancarias de 1985 me permitió ver claro. En ese texto, hacía una reseña de la Tesis Doctoral de Ben Bernake sobre la crisis de 1929. A grandes rasgos, venía a decir que su trabajo era una estupidez peligrosa, porque los planteamientos monetaristas reducían los problemas sociales y políticos a un mero formalismo técnico. El gran problema de la crisis de 1929 era cómo la banca seria de Nueva York había prestado a criminales y delincuentes, muchos de ellos de conocida reputación como estafadores, para que fundasen bancos rurales cuyo principal objetivo era aprovecharse del desconocimiento de los agricultores para aplicarles condiciones abusivas en unos préstamos que, gracias al mercado alcista, no se percibían como draconianos. Era ese problema social, ese problema político, la auténtica causa de la crisis de 1929, pero Bernake mostraba una teoría que purgaba del análisis cualquier consideración social o política en el debate económico. Ben Bernake, a quien en 2009 todo el mundo alababa por su gran conocimiento de la crisis de 1929, era el objeto de las críticas de Kindleberger porque veía que su contribución intelectual sólo podía servir a la ignorancia y el desconocimiento de las causas de la crisis financiera, pero como su teoría de que sólo se trataba de un problema técnico capaz de resolverse con el actual instrumental econométrico iba entusiasmar al establishment, Kindleberger ya intuía que el futuro sería de Bernake.

Así fue. Charles P. Kindleberger fue olvidado en las facultades de economía y sólo leído por un historiador despistado y otros heterodoxos marginados. A pesar de que su Problemas históricos e interpretaciones económicas. Estudios de historia financiera debería ser lectura obligatoria, me temo que nadie lo lee. De hecho, los economistas ya no necesitan leer libros gracias a las matemáticas. En estos últimos 20 años han aumentado de ese modo la eficiencia con la que emplean su tiempo. Tampoco sienten vergüenza por su soberbia y arrogante ignorancia. Me imagino la escena en un curso de doctorado en una universidad top de los USA: ¿Qué haces perdiendo tu tiempo con un libro de Kindleberger? ¿No sabes que Bernake lo ha superado? Kindleberger no hace ciencia, no usa casi fórmulas matemáticas. Ese hace historia, no es más que un charlatán con una pizarra.

Sin embargo, este lunes terminé mi clase diciendo que el gran problema tanto de la crisis de 1929 como de la actual es el hecho de que criminales sin escrúpulos llegaron y han llegado a puestos de responsabilidad en todos los escalafones del sistema bancario y, gracias a una coartada académica incuestionable, pudieron y han podido cometer sus tropelías con total impunidad. Al día siguiente, eldiario.es publicaba los correos de Miguel Blesa. Lástima que Ben Bernake poco pueda aportar al respecto.

2 comments so far

  1. 1 campos
    8:48 pm - 12-18-2013
  2. 2 SIRERA MIRALLES
    1:01 pm - 12-19-2013

    Gracias por las referencias. Hace tiempo que no sigo a Ferguson, quien es capaz de escribir cosas inteligentes o idioteces provocativas de un día a otro. Hizo una tesis brutal, pero le dio por irse a los USA a triunfar y toda esa repercusión pública y grandeza lo ha trastornado. Si se hubiese quedado en Inglaterra, su habría sido más interesante y valioso. Por otra parte, si Krugman no sufre una reconversión como la de Hicks en sus últimos años, no podrá salir del paradigma que quiere criticar, pero en el que está atrapado.