Dec 20

Mis vaticinios de 2003

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Las referencias que me ha pasado Campos sobre el debate Krugman-Ferguson, me han hecho prestar más interés a mi propia formación intelectual, razón que me ha movido a repasar qué leía y escribía hace más de 10 años. Mi obsesión con la política monetaria empezó en 2001 ante las estúpidas campañas pro Euro de nuestro gobierno, que, con cancioncitas publicitarias, nos decía que todo sería maravilloso. En aquella época pensaba que nuestros gobernantes nos tomaban por imbéciles, pero, con el tiempo, descubrí que los imbéciles eran ellos y que no había ninguna inteligencia de orden superior al mando. Los que estaban en la cúpula del FMI, del BCE o del BM sabían tanto de economía como yo, porque llegado a cierto punto, no se puede saber más. El resto es simple ficción matemática desconectada por completo de la realidad.

En el curso de 2003, a la edad de 21 años me decidí a poner por escrito mi nivel de conocimientos. Como mis profesores de la universidad daban una explicación demasiado limitada sobre la crisis del Estado del bienestar, me propuse hacer un trabajo ambicioso sobre la crisis del modelo keynesiano que destacase la no convertibilidad del dólar decretada el 15 de agosto de 1971 por Nixon y las consecuencias de la guerra de Vietnam. Su título era Keynes contra Hayek: más de doscientos años de broncas monetarias y empezaba con las guerras napoleónicas y los debates del Bullion Comité para terminar con la formación del Euro y la guerra de Irak. En definitiva, mostraba la política monetaria como un instrumento político al servicio de los intereses y estrategias de los gobiernos y cómo el aumento de la masa monetaria era la única forma de financiar una guerra. De hecho, la guerra de Vietnam fue el punto de ruptura de aquella máxima de Samuelson de producir tanques y mantequilla, pero todavía no hay consciencia suficiente de la alta factura social que impuso aquella estúpida masacre alentada por el mucho más estúpido economista W.W. Rostow.  Por esta razón, reproduzco íntegramente y sin modificar las conclusiones de dicho trabajo, escrito en mayo de 2003 a la edad de 21 años:

Reflexionas finales: ¿Europa será socialdemócrata o no será?

            Recuerdo que a principios de Noviembre del 2001, cuando aún se disfrutaban los efectos del tándem Clinton-Greenspan, déficit cero+tipos de interés bajos, yo estaba preocupado porque el Banco Central Europeo se empeñaba en seguir bajando los tipos de interés. Estábamos viviendo los últimos días de la peseta, todo el dinero negro acumulado tras tantos años de esfuerzo se estaba “quemando”, y la inflación estaba desbocada. Dusseldorf actuaba, como siempre, bajo los dictados de Alemania, y consideraba que había que ayudar a su economía, en especial a las exportaciones. Nadie quería asumir que se estaba entrando en una crisis o depresión, y se hablaba de ralentización, ni tan siquiera desaceleración Esta inyección de líquido, pensaba yo erróneamente bajo supuestos monetaristas, podía estimular el crédito, la demanda y el endeudamiento, y se lograría un pequeño acelerón, que se pagaría con una caída más brusca en un futuro casi inmediato. Mi opinión era que se debían subir los tipos, aunque esto obligase a algunas empresas a afrontar sus deudas, y conllevase la consecuente reducción de plantillas. El precio sería una breve recesión, pero la oferta se ajustaría a la demanda existente, y saldría reforzada la eficiencia. El problema es que a menos de dos meses de la entrada del Euro, nadie quería ni oír hablar de una pequeña recesión, ni tan siquiera de un Stop-and-Go. Se confiaba en el milagro Euro, que permitiría enlazar las bajadas de tipo con un aumento de la demanda, y una nueva fase de expansión. Era un momento de incertidumbre, y los más optimistas pensaban que el Euro mantendría una paridad uno a uno con el dólar, lo que no dejaba de producir risa, y los más realistas hubiésemos firmado un tipo de cambio de un Euro por ochenta céntimos. Ahora lo que produce risa es lo que pensábamos los mas pesimistas (en el día que escribo estas líneas, un Euro se cambia por 1’10 dólares), pero claro, no podíamos imaginar la nefasta política económica de Bush hijo que, imitando fielmente a Reagan, ha logrado otro déficit abismal con los tipos de interés más bajos que se han registrado jamás en los Estados Unidos, es decir, una depreciación del dólar más histórica que la del 15 de Agosto.

            A mediados de diciembre, aunque seguía siendo contrario a una bajada de los tipos de interés, ya era por otras razones. Estos eran inútiles, porque un aumento de la oferta monetaria, como había explicado Keynes, no produce un aumento de la demanda agregada de por sí. Sin el Estado que tirase del carro de la demanda, la economía alemana no podría remontar, y por lo tanto, unas tasas de crecimiento altas con superávit comercial, no apoyarían a una moneda con tipos bajos, y que encima, aspiraba a ser una reserva de valor alternativa al dólar. Pero el Estado no podía aumentar su déficit más allá del 3%, que es lo que defendían en aquellas fechas tanto Schröeder como Jordi Sevilla, sabiendo que esto no era posible. Lo único que se logró, fue atenuar esta suave caída que están siendo los dos últimos años. Se rebajó la inclinación de la pendiente, al dar tiempo a las empresas para afrontar sus deudas, a la vez que se lubricó la economía lo suficiente para evitar fricciones desagradables durante el descenso. Se ha instaurado, pues, una suave calma, de la que nadie sabe cómo salir. Mientras que en Argentina suenan las cacerolas, y el FMI nos exige que juguemos limpio y terminemos con nuestro proteccionismo agrícola, los sectores liberales viven su época dorada. La moneda ha sido desnacionalizada, pese a dirigirla indirectamente Alemania, la política fiscal ha perdido toda su efectividad, y ya sólo queda liberalizar totalmente el mercado laboral y terminar con el actual dualismo, y de paso, permitirse el lujazo de suprimir unos sindicatos ya de por sí fútiles.

            Sin embargo, la situación es pasajera. Tarde o temprano, se constituirá un Parlamento Europeo soberano, es decir, con la capacidad de aprobar impuestos. Esto dará fin a la actual situación, donde lo único que un Estado logra con una política fiscal limitada a su soberanía, es aplicar medidas retardatarias que lo perjudican de forma comparativa ante otros países de la Unión Europea. Del mismo modo, un sindicato que cumpliese de forma adecuada con sus objetivos, hundiría la economía de cualquier país europeo. Cómo será la Unión Política, ya es otro tema. Y preguntarse si el keynesianismo será traspolable a esa futura organización política, no tiene demasiado sentido hasta saber cómo será definida. Puede que suponga su hegemonía definitiva o unas vacaciones de fin de semana antes de volver a la tumba por la repetición de los mismos errores. Sea como sea, actualmente la Unión Económica y Monetaria sólo repite un mensaje: “sed competitivos”, que significa trabajad más por menos. Si se quiere evitar el cada día más evidente deterioro del nivel de vida, y la bipolarización de la economía, la construcción de las barricadas que decía Lord Kelvin, el Estado debe funcionar como un redistribuidor de la renta, porque el libre mercado logra su eficiencia haciendo a los ricos más ricos, y a los pobres más pobres, tanto cuantitativamente como cualitativamente (es aquella imagen de “un hombre con cinco millones puede hacer más cosas que cinco hombres con un millón”). Los efectos se pueden esconder pasando la parte más dura de la factura a la inmigración, pero esto no hace más que abrir nuevos focos de tensión. Y ya no hablemos de la economía mundial, del deterioro de los términos de intercambio que decía Prebisch, ni de etc, etc… Desorientación para los próximos lustros, y una tenue luz, que no deja de ser una ilusión,  en el final del camino. El problema más grave no es que no sepamos muy bien lo que se debe hacer para lograr una construcción política de Europa exitosa, es que tampoco sabemos muy bien lo que no se debe hacer.

Visto ahora en retrospectiva, mi pesimismo de 2003 pecaba de optimismo, pero eso se fue corrigiendo con el paso de los años. De 2003 al 2013 Europa, simplemente, no ha hecho nada de lo que esperaría que hiciera y de esa suave calma se salió imprimiendo más y más billetes que generó una burbuja inmobiliaria de dimensiones catastróficas. ¿Qué raro que ocurran estas cosas? ¿A largo plazo, la política monetaria no era neutra o algo así? Lástima que Friedman haya muerto, me gustaría preguntárselo.

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