Mar 31

A raíz de preparar una ponencia que presentaré en un congreso internacional a finales de Julio en Londres titulada No beats, no sports, no flags: the unintentional Spanish pacifism, he vuelto a retomar uno de los temas de interés que marcaron mi adolescencia: la Gran Depresión de 1870. No la de 1929, sino la primera gran crisis del capitalismo y el primer episodio de deflación prolongada conocido. Con el conocimiento adquirido en el último decenio, ha sido más fácil entender su naturaleza, así como advertir su abandono como objeto de estudio en los últimos años, a pesar de sus similitudes con nuestro actual presente.

Esto silencio se debe a que la Gran Depresión fue tema de análisis de los clásicos de la Historia Económica como Schumpeter, Dobb o Kindleberger, nombres que hoy día sólo merecen el desprecio de los economistas main stream. Por ejemplo, The Journal of Economic History, Vol. 68, No. 3, pp. 722-757, September 2008, publicaba un artículo de Scott Mixon, miembro de la Société Générale Corporate & Investment Banking, que refutaba el trabajo previo de Kindleberger porque Kindleberger weaves a wide-ranging historical narrative including thirteen explicitly enumerated causal factors, but his story does not lend itself to a theory with a precise prediction of the timing of events. Es decir, como Kindleberger no pretendía hacer ciencia, eso invalida su trabajo académico. Esto no es un argumento, es una falacia y en ninguna revista académica se debería aceptar como un argumento válido.

Por otra parte, el autor se permite analizar la crisis del mercado de valores norteamericano de 1873 como un evento aislado del resto de acontecimientos internacionales, a pesar de que la crisis de 1870 fue la primera gran crisis internacional moderna de una economía mundial. La interconexión de los mercados y de las economías nacionales gracias a la tecnología permitió por primera vez que los productores de distintos países compitiesen directamente unos con otros para colocar sus mercancías internacionalmente y eso produjo una deflación que reventó los precios e hizo quebrar instituciones supuestamente solventes. Sin embargo, Scott Mixon opta por un análisis cuantitativo del precio de los activos del mercado de valores en Estados Unidos para concluir que

Over time, I find that the evolution of default risks for railroads as perceived by the bond market were consistent with the risks as perceived by the equity option market. Overall, this is evidence that the market was pricing options as well as it priced stocks and bonds and that the markets were integrated. Observers who want to dismiss option markets before the modern era as gambling markets driven only by hopeful speculators should take note of the results. I go on to examine the ex-ante market risks as indicated by option prices. I conclude that the possibility of a significant crash was priced into the market in 1873. […] I conclude that investors in 1873 were actively monitoring the risks in the markets. Asset prices for riskier firms reflected worsening perceived prospects and increased likelihood of insolvency. I find that the underlying causes of the Crisis were economic in origin: deteriorating balance sheets and asymmetric information problems were the underlying factors leading to the Crisis.

En definitiva, que un representante de la banca de inversión publica un trabajo en una prestigiosa revista académica que concluye que los críticos de los mercados de futuros y opciones son peligrosos, porque quieren desprestigiar un mecanismo que ya funcionaba correctamente en 1873 y anticipó el riesgo de la crisis, si bien no fue capaz de anticipar la crisis en sí misma y la bolsa de Nueva York tuvo que cerrar una semana.

Sinceramente, esto es obsceno e impresentable, por mucho que se acompañe de gráficas y regresiones lineales, porque si queremos saber cómo se produjeron el deteriorating balance sheets and asymmetric information problems o si se trata de problemas endógenos o exógenos a la economía de mercado, no se obtendrá mucha información en el artículo, aunque sustenta sus conclusiones. Por lo tanto, es fácil entender los sesgos ideológicos y los conflictos de intereses que están permitiendo que el mundo académico dibuje una representación distorsionada de nuestra realidad presente y pasada gracias, en parte, al prestigio de los modelos matemáticos.

El hecho cierto es que no es posible emplear modelos matemáticos para entender la crisis de 1870, porque carecemos de suficientes datos de carácter cuantitativo para analizarla correctamente. El indicador más fiable es el precio del trigo en Inglaterra, país que en aquellas fechas ya publicaba una especie de índice nacional que debía reflejar la media de su precio, si bien esa media es controvertida y ha sido cuestionada (Vamplew, Wray, “A Grain of Truth: The Nineteenth-Century Corn Averages”, The Agricultural History ReviewVol. 28, No. 1 (1980), pp. 1-17). Sea como sea, a principios de dicha década la llegada a Europa de importantes cantidades de trigo procedente de Argentina y los Estados Unidos produjo una drástica caída del precio del grano en Inglaterra que fue percibida como deflación. En un principio, se trataba de un fenómeno positivo porque implicaba que la calidad de vida de la población aumentaría por el mayor poder de compra de sus salarios, pero cuando las empresas de ferrocarriles quebraron arrastrando tras de sí entidades bancarias una sensación de pánico y pesimismo se extendió por Europa y los Estados Unidos. Estas fueron, a grandes rasgos, las consecuencias de aquel episodio histórico:

1) Fin del optimismo ante el crecimiento económico ilimitado y continuado. El liberalismo imperante en gran parte de occidente desde inicios del siglo XIX era una filosofía política que confiaba en el mercado como el motor que traería un progreso económico ininterrumpido. Esa esperanza era fundamental en el liberalismo político, porque de ella se derivaba una lectura no democrática de la responsabilidad social del Estado. Sin embargo, en la década de 1870 esa seguridad empezó a desquebrajarse.

2) Los europeos podían perder con la globalización. Los principales perjudicados, después de los bonistas de las empresas de ferrocarriles y bancos poco solventes, fueron los grandes terratenientes. Los propietarios agrícolas, gran parte de ellos miembros de las tradicionales aristocracias, se vieron afectados por la caída de precios del trigo. La seguridad de su posición económica se vio comprometida. Esto significó presión política al Estado para que se preocupara por su situación e intentase remediarla de tal forma que, por ejemplo, en España se aprobaron aranceles proteccionistas. En Alemania, los junkers prusianos se organizaron en ligas políticas y endurecieron las condiciones de trabajo del campesinado polaco. Se trató de una revuelta de los privilegiados, que exigieron nuevas atenciones para su clase ante los perjuicios que les producía la competencia internacional. No obstante, la conclusión fue que los campesinos europeos eram más pobres a cambio de que los americanos fuesen más ricos.

3) Inevitable competencia internacional por los recursos. Este periodo de pesimismo trajo las primeras reflexiones sobre la naturaleza finita de las materias primas. Posiblemente, Jevons es el economista más conocido a este respecto, quien, como escribía Keynes en su ensayo biográfico, atesoró ingentes cantidades de papel ante el temor de que se agotase. No obstante, la toma de consciencia de que el crecimiento económico no era ilimitado supuso reinterpretar las relaciones económicas internacionales como un juego de suma cero. De igual modo, la asignación de estos recursos no se haría mediante el mercado porque la mayoría de esos recursos no eran explotados por nadie que pudiese ponerlos a la venta. La única forma de asignarse recursos era mediante el descubrimiento y la conquista militar.

4) La nación era más importante que el individuo. Esa competencia internacional por los recursos derivó en la carrera imperial y el imperialismo sentenció al liberalismo al explotar sus incoherencias y carencias internas como ideología. Si el bienestar de un pueblo dependía del crecimiento económico, éste sólo era posible si se garantizaba el acceso a los recursos. Pero esos recursos exigían de control militar, de fuerza militar. El Estado necesitaba ser fuerte para garantizar su pervivencia y, en consecuencia, necesitaba un pueblo sano, fuerte e instruido. El imperialismo exigía del Estado que cuidase de toda su población, porque todos eran necesarios para sobrevivir como grupo. La raza era ahora prioritaria al individuo, un principio que se justificó científicamente gracias al darwinismo.

5) La solución era más Estado. En esta crisis del liberalismo, un país tan poco liberal como Alemania experimentó el mayor crecimiento económico conocido en la historia. Un Estado fuerte, una política monetaria expansiva gracias a bancos públicos y un sistema educativo público de alta calidad se transformaban en las claves para el progreso material y científico. Este modelo sumado a la carrera imperial justificó un crecimiento del Estado, sus competencias y su gasto que permitió reactivar la economía. El pinchazo de la burbuja de los ferrocarriles no se solucionó mediante un mercado autorregulado. Fue el gasto público quien tiró de la economía en todo el periodo 1870-1914. Es a finales de siglo cuando los estados europeos se modernizan, fundan escuelas, escolarizan a la población y se militarizan. El presupuesto público del Reino Unido en 1873 es de 70 millones de libras esterlinas. En 1903 alcanza los 184 millones de libras esterlinas (Schremmer, D.E., “Taxation and public finance: Britain, France, and Germany”, en Mathias, P. and Pollard S. (eds.), Cambridge Economic History of Europe, vol. VIII, Cambridge, CUP, 1989, pp. 342 y 258). En 1889, la Ley de Fuerza Naval había impuesto que la Royal Navy debía contar con el mismo número de efectivos que la segunda y tercera flota en tamaño de otros países combinadas.

6) Los economistas no entienden el mundo. Las relaciones internacionales y la armonía social eran cuestiones que los economistas clásicos no sabían o no podían explicar según sus modelos reduccionistas, porque la realidad excedía sus categorías analíticas. La solución a este problema fue la introspección y los economistas fueron todavía más introvertidos. Fue la llamada revolución marginalista o economía neoclásica. Ante la imposibilidad de explicar correctamente los hechos sociales o políticos con su instrumental teórico, se optó por simplificar todavía más el escenario de estudio hasta construir mercados abstractos constituidos por individuos abstractos y racionales. Nadie escuchó a los economistas y los economistas no se molestaron en ser escuchados, porque tampoco tenían nada relevante que decir. Posiblemente, la única excepción fue Pareto, pero el resto optó por aislar su ciencia, porque la realidad no encajaba en sus modelos y no eran capaces de explicarla. El liberalismo como filosofía política sólo tenía sentido dentro del marco del Estado Nación, pero ante la globalización que se vivía y el encuentro con otros pueblos no era capaz de articular una respuesta ideológica coherente. Asimismo, el liberalismo económico se encontraba ante las mismas contradicciones y tensiones. Sin embargo, los economistas optaron por obviar estos dilemas y construyeron con más ahínco modelos ideales y teóricos desconectados de la realidad. Sólo John A. Hobson intentaría dar una respuesta al mundo que vivió en 1902 con su Imperialism: a Study. Fue el surgimiento del new liberalism inglés, un liberalismo democratizado que ponía los valores cívicos por encima de la eficiencia del mercado y supeditaba la economía a la política. Una tradición que heredaría J.M. Keynes y que permitiría reconfigurar el Estado paternalista cuartelario previo a la Gran Guerra al Estado del Bienestar que conoceríamos tras la Segunda Guerra Mundial.

2 comments so far

  1. 1 JesusN
    2:26 pm - 4-1-2014

    Buenas Carles,

    Es un tema que me interesa bastante. Quería preguntarte cual es el libro de Kindleberger que se ocupa de la cuestión. He visto que en castellano, que para mi es más cómodo que el ingles, hay bastantes libros editados, el famoso “Manías, pánicos y cracks”, “Problemas históricos e interpretaciones económicas”, “Historia financiera de Europa”, “Economía internacional”, “El orden económico internacional”, “Comercio exterior y economía nacional”, “Desarrollo económico”, “La crisis económica 1929-1939” y “Economía del largo plazo”

    Dejas caer que existen evidentes similitudes entre nuestra situación y las de aquella primera gran depresión, a la que creo que posteriormente se le cambió el nombre por Depresión Larga. Yo veo dos, monetaria y política. He leído a Triffin que los activos de reserva del sistema bancario disminuyeron de forma constante a lo largo de todo el periodo. En EEUU algunos políticos, calificados a posteriori como “populistas”, interpretaron que esta era la causa de sus males y pidieron la remonetización de la plata, o incluso el retorno a los “greenbacks” de la guerra civil. Según algunos autores no fue hasta el descubrimiento de nuevas minas de oro en Sudáfrica que se superó completamente la crisis, aunque Hobsbawm considera esa interpretación excesivamente simplista. Abusando de tu paciencia, quería preguntarte si conoces algún buen y breve resumen, en castellano o ingles, de la problemática de las guerras Boer.

    Lo más interesante de todo es la problemática política, ese, a mi juicio, difícil encaje de un mercado “autorregulado” mundial, y las instituciones políticas nacionales. La llamada globalización ha sido lo contrario a una internacionalización, no se trata de pactos entre naciones, sino de subsumir la soberanía de las naciones en un todo que sigue sus propias reglas y su propia lógica, aunque la palabra “autorregulado” difícilmente le hace justicia. Desde la utilización del dólar como moneda de reserva, muy vinculado a los ciclos de las economías emergentes, que se endeudan en época de abundancia de dólares, y deben pagar sus deudas en época de escasez, pasando por las instituciones pro-acreedoras (el FMI) que crean una garantía implícita al pago de la deuda, necesaria para el libre movimiento de capitales, hasta diversas guerras que han terminado con el control occidental (o mejor dicho americano) y la puesta en el mercado de la producción de materias primas de algunos países, en especial el valioso petróleo. La respuesta a ello ha sido, en los países emergentes el ascenso de algún tipo de nacionalismo, de signo ideológico variable según las regiones, y en Europa “el desencanto” del ciudadano con la política, que tiende cada vez más a una “democracia plebiscitaria”. No sé si estoy exagerando pero la situación acojona un poco, la verdad.

    Un saludo,

  2. 2 SIRERA MIRALLES
    2:47 pm - 4-2-2014

    Hola Jesús,

    el libro de Kindleberger es: Manías, pánicos y cracks. No es tan bueno como su estudio de 1929, pero es más ameno. Los más agudos, aunque no son de divulgación, son “el orden económico internacional” y “problemas históricos e interpretaciones económicas”. Vistos en perspectiva, eran su despedida ante la avalancha de modelos econométricos.
    De Hobsbawm no suelo fiarme, porque jamás cuestionará una tesis marxista. Para él, lo importante son las fuerzas de producción. ¿Qué son estas? ¿Innovación tecnológica, productividad? Son las grandes respuestas que no dan. Por lo tanto, lo político (como la política monetaria) no es relevante.
    Mi opinión, que creo habérsela leído a Nial Ferguson no sé dónde, es que el aumento de la producción de oro a partir de 1890 permitió que la política monetaria expansiva de Alemania, y en menor medida los otros países, pudiese mantenerse sin producir tensiones internas. Es decir, concedió 20 años de prórroga al patrón oro y permitió al Estado continuar creciendo sin atentar radicalmente contra las esencias liberales.
    De la guerra Boer no sé mucho, sólo a nivel de relaciones internacionales entre RU y Alemania. Me temo que habrá muchos estudios de ingleses con bastante sesgo chovinista.
    Del mundo actual, ya iremos hablando. Para simplificar, no entiendo por qué un tratado de libre comercio entre países no exige la libre circulación de todos los factores: capital, mercancías y trabajo. Si no hay libre circulación de todos los factores, no hay economía de mercado. Es explotación. Es obsceno que un kilo de café tenga más libertad de movimientos que un ser humano. Si se presiona a la OMC con estas reivindicaciones, salta por los aires.