May 25

Escribí este artículo de opinión el uno de marzo de este año para ver si se podía publicar en eldiario.es, pero me contestaron que tenían muchas colaboraciones atrasadas y no podía ser. Lo publico ahora aquí, porque, como siempre, tenía razón:

En unos meses se cumplirá el centenario del inicio de la Gran Guerra. No esperen grandes celebraciones ni recordatorios. No habrá congresos de renombrados intelectuales que se creen importantes. Las instituciones europeas optarán por un discreto recordatorio de la efeméride con una moralina naíf indistinguible del silencio. Discutir sobre el origen de la Primera Guerra Mundial sería incómodo porque nos obligaría a replantearnos el sufrimiento que los europeos nos provocamos a nosotros mismos y a los pueblos que dominamos en los últimos cien años. Millones de muertos en dos conflagraciones mundiales para evitar que Alemania se hiciese con la hegemonía en el continente y, al final, hemos logrado que Alemania domine toda la política monetaria de la zona Euro. No hay duda de que la europea es una civilización sin parangón.

Esto significa que el relato que permitió la construcción de la Unión Europea ha entrado en quiebra. Ese magnífico espejo en el que nos mirábamos y nos reflejaba un continente liberado de las tensiones nacionales que nunca más conocerá enfrentamientos étnicos gracias a nuestros valores ilustrados está hecho añicos y no volverá a recuperarse. Nadie puede dudar que la Unión Europea es un diktat de Alemania, porque es un diktat de Alemania. Las instituciones europeas pueden seguir financiando el europeísmo globalizante, el cosmopolitismo eurocéntrico que hemos creado, pero el debate sobre la viabilidad de la Unión Monetaria, de la pervivencia del Euro, es inevitable. Los Estados nación no están todavía desarmados, el liberalismo ultraindividualista no ha logrado desintegrar todavía el concepto de solidaridad nacional, de patria, y, en consecuencia, sólo podremos someter los mercados al poder político, a la democracia, si los Estados nación vuelven a recuperar su soberanía sobre su moneda. Si vuelven a detentar el instrumento clave de toda política macroeconómica: la política monetaria. La devaluación siempre ha sido una forma de socialismo, de redistribuir más equitativamente la pobreza y el sacrificio, la devaluación ha sido la esencia de las políticas keynesianas.

De hecho, la Unión Europea se construyó contra Keynes, a pesar de toda la retórica que escuchamos sobre el Estado de bienestar como un atributo de Europa. Se trataba de lograr un Banco Central Europeo libre de injerencias políticas, no sometido a controles democráticos, un banco capaz de garantizar la eficiencia de nuestras economías gracias una política monetaria neutral y científica que sería común, porque beneficiaría a todos. Sin embargo, jamás en ningún lugar del mundo ha existido una política monetaria neutral o guiada por el interés común. La política monetaria siempre beneficia más a unos y perjudica más a otros, no puede ser común o neutral y siempre es discrecional. La imposibilidad de lograr un consenso sobre la política monetaria en Estados Unidos fue una de las razones de su Guerra de Secesión. Cualquier estudiante de un curso de Macroeconomía que hubiese leído algo de historia podía ver y entender que la Unión Monetaria iba directa hacia el desastre, hacia el control germánico de la política monetaria, pero las mentes más preclaras e insignes de Europa prefirieron callar y aplaudir con las orejas el proceso. Nadie quería parecer un rancio y trasnochado nacionalista. ¿Quién se podía resistir a seguir a los alemanes? Siempre lo hacen todo bien y siempre han sabido llevar a sus tropas a la victoria. En el mundo académico, había bofetadas para formar divisiones azules de aduladores de la Unión Europea.

Sólo los ingleses, por razones históricas, se atrevieron a expresar un euroescepticismo intratable. Después de todo, los ingleses han sometido y colonizado a millones de seres humanos y, por lo tanto, saben distinguir muy bien cuándo un trato les conviene. Los europeos debían estar locos si pensaban que aceptarían ser una franquicia de Alemania. Es posible que las películas hayan confundido a la ciudadanía y ésta piense que la Segunda Guerra Mundial se libró por la democracia o para evitar el Holocausto. No, la Segunda Guerra Mundial se libró para decidir quién mandaba en Europa. Millones de personas murieron por altos ideales y por intentar construir un mundo mejor, pero a Winston Churchill lo único que le preocupaba era que la India continuase siendo propiedad del Imperio Británico.

La paradoja es que los fundadores del Mercado Común Europeo querían evitar que la lucha por el control político europeo desatase nuevas hostilidades y pensaron que era necesario crear un árbitro neutral y abstracto que resolviese las disputas entre países. Ese árbitro sería un libre mercado europeo, porque el mercado no habla ningún idioma, no tiene religión, no tiene intereses particulares. Asigna los recursos escasos de la forma más eficiente y logra el mayor bienestar posible de forma agregada, la mayor felicidad del mayor número. Por esa razón, Europa debía consagrarse al mercado y construir un mercado continental que construyese una sociedad civil europea. El mercado debe invadir todos los aspectos de nuestra vida, porque el mercado es la única forma justa, neutral y eficiente de resolver los conflictos en las sociedades liberales. Cualquier intento de lograr acuerdos o de consensuar las soluciones deviene en interferencias políticas, en injerencias arbitrarias que distorsionan un proceso consagrado como justo. El acceso a las materias primas ya no sería una lucha entre imperios, entre naciones, entre pueblos. Sería una lucha entre compradores y demandantes en un sentido abstracto. Agentes económicos racionales sin patria, sin idiomas, sin vínculos con ninguna sociedad harían su oferta económica para adquirir un bien y éste iría al comprador que más pagase sin que su nacionalidad interviniese en la puja. No habría ni xenofobia, ni nacionalismo intransigente: sólo el fair play típico de la deportividad empresarial. De este modo, el mercado igualaría a los europeos según su capacidad y mérito, limaría nuestras diferencias culturales y gracias a su mecanismo de colaboración competitiva todos los trabajadores, todas las empresas y todos los accionistas estaríamos entrelazados en vínculos de interdependencia económica. Todos nos necesitaríamos y todos nos querríamos los unos a los otros y Europa estaría unida para siempre.

La falacia era burda y grotesca, pero se propagó masivamente: era el mercado o la guerra y el mercado es preferible porque, como mínimo, es un conflicto con reglas menos cruentas. El problema era quién haría de árbitro, quién se encargaría de aplicar las reglas, quién garantizaría que no se aplicasen de forma asimétrica y cómo podría haber un árbitro completamente independiente de los intereses y las necesidades nacionales. Con ese fin hemos creado la superelite de los funcionarios europeos y los hemos entrenado para creer que defender los intereses de la Unión Europea no es defender los intereses de Alemania, sino de todos los europeos. Una superelite de funcionarios que se ha consagrado a la tecnocracia y aborrece la democracia, porque es la única coherencia posible para ellos.

El resto estamos atrapados. No queremos ser nacionalistas rancios, pero tampoco siervos del despotismo ilustrado. De todas formas, ya nos hemos librado del sueño europeo: qué vendrá en su lugar no lo sabemos y es muy posible que tampoco sea nada bueno.

1 comment so far

  1. 1 Jesus Nácher
    7:53 pm - 5-28-2014

    Buenas Carles,

    En efecto, tenías razón. Hasta Rallo ha lanzado un artículo en su página pidiendo “políticas de empleo”, tras la victoria de Le Pen. Nos acordamos ahora de que la sociedad no es un simple apéndice irrelevante de la economía. Espero no estar aquí para ver en qué se ha convertido esto, el día que la gente como Rallo se acuerde que la biosfera tampoco es un apéndice de la economía. Gracias por el capote de ayer.

    Saludos