Jan 24

No hay mayor victoria política que lograr el consenso unánime de la opinión pública respecto de un postulado propio de carácter axiomático. En este sentido, la afirmación de que la globalización ha sido la principal causa de la reducción de la pobreza se ha convertido en un dogma de fe irrebatible del actual debate político no por la calidad de los argumentos aportados por sus defensores, sino por la pobreza de las críticas vertidas por sus detractores. El mérito del triunfo de la globalización es principalmente de los abanderados en su contra como Navarro o Ramonet, quienes han entendido estas discusiones como simple y meras plataformas para proyectar sus egos inacabables y convencernos a todos de que su mediocridad y pereza intelectual es el principal problema de la izquierda.

De hecho, no debería ser tan fácil convencernos a todos de que el aumento de la libertad de movimientos de capitales y mercancías es la causa principal de la reducción de la pobreza a nivel mundial, porque este argumento pivota sobre la falacia del equiparar el funcionamiento de un libre mercado competitivo perfecto ideal con políticas librecambistas a nivel mundial, pero como solía insistirle a mis alumnos: libre mercado no es lo mismo que librecambio. El libre mercado es siempre nacional, porque necesita de una autoridad pública que cree el marco normativo común al que están sometidos los agentes económicos, así como el instrumento cambiario, la moneda, que permitirá la confianza y garantía de los pagos entre ellos. Estos son dos requisitos que a nivel mundial no existen, pero, además, en teoría el libre mercado se define por la libertad absoluta de movimientos de los tres factores (capital, mercancías y trabajo), cuando la globalización sólo garantiza la libertad de capital y mercancías. No es sólo que sea obsceno que un kilo de café tenga más libertad de movimientos que un ser humano, es que para que el mercado funcione y el factor trabajo se “asigne” correctamente, los trabajadores deben poder ir a dónde los salarios son altos para que la oferta y la demanda operen en la determinación de los precios. Desde la misma retórica liberal, la globalización no puede funcionar y sólo puede garantizar una distribución de recursos que no sea óptima, que beneficie a una selecta minoría en detrimento de una gran mayoría. El único modo de compensar esa desigualdad absoluta, desde los propios postulados neoclásicos, sería que los trabajadores pudiesen votar con los pies e instalarse dónde los salarios sean más altos, porque, en caso contrario, las empresas se instalarán dónde los salarios sean más bajos por existir sobre oferta de mano de obra y jamás se podrá romper esa dinámica de esclavización de los trabajadores mediante disciplina fabril que hará del trabajador industrial del siglo XXI un nuevo siervo de la gleba vinculado a la tierra. El feudalismo corporativo que sufrimos hoy día.

Por lo tanto, con una simple reflexión analítica a priori, ya deberíamos saber que la globalización no puede funcionar, porque sus fundamentos teóricos son falaces y contradictorios si usamos la misma lógica que los sustenta, a no ser que los tratados de libre comercio incluyan la libertad total de movimiento de personas, libertad que no incorporan. Esto significa que la carga de la prueba debe recaer en los proglobalizadores y que deben demostrar la causalidad: es decir que la reducción de la pobreza es consecuencia de la globalización y no de las políticas públicas seguidas por los Estados para combatir la pobreza. De igual modo, deben demostrar que desde el final de Bretton Woods en 1971 la reducción de la pobreza ha sido mayor que en el periodo anterior y, de algún modo, descontar la ventaja tecnológica en esta comparación Finalmente, deben demostrar científicamente estas afirmaciones para mantener el crédito y la autoridad que tienen actualmente, ya que esa consideración la han logrado gracias a convencer a las instituciones públicas que la economía neoclásica es una ciencia.

Como es obvio, estas afirmaciones no han sido demostradas. Grosso modo, su argumentación consiste en transformar la globalización en una amalgama del progreso que funde en totus revolutum los descubrimientos científicos, la democratización y el aumento de la producción de bienes de consumo que se presenta como un todo inseparable en, por ejemplo, los famosos gráficos de Kiko Llaneras de Politikon. Esto es falso y como ya expliqué a raíz de mi debate con Roger Senserrich (también de Politikon) por el caso de Bangladesh, la modernización económica no democratiza. En consecuencia, la variable democracia ya la podemos sacar de la controversia, aunque como señala William Easterly en Tiranny of Experts debería ser la prioridad en toda política favorable al “desarrollo”.

Sin embargo, sí es cierto que la globalización produce un aumento de la producción de bienes de consumo, ya que una de sus facetas es ampliar la esfera de acción del mercado a todos los ámbitos de la vida con el propósito de que la competencia nos fuerce a trabajar más de forma más eficiente, la llamada disciplina del mercado. Esto lleva, en términos generales, a un productivismo absurdo con una alta factura ecológica como ha denunciado M. Binswanger en Sinnlose Wettbewerbe, si bien el exceso de oferta de algunos productos sí provoca su abaratamiento y, por ende, las personas de menores recursos verían mejorado su acceso a ellos. Esta es, por tanto, la gran promesa de la globalización: producir tal cantidad desbordante de bienes que todas las personas de clase media terminen sin darles ningún valor y esto permita que los pobres tengan derecho a poseer esos bienes. El problema es que las prioridades de producción en el mercado las asigna, en teoría, la demanda y la demanda no se distribuye democráticamente. Esto significa que las personas con mayor poder de consumo determinan la prioridad en la producción y el agotamiento de recursos para satisfacer sus preferencias sobre las prioridades de los otros. Es decir, el mercado es un pésimo mecanismo para combatir la pobreza.

Por otra parte, no todos los bienes de primera necesidad se pueden producir. De hecho, el mercado es siempre un pésimo asignador de recursos si no se cumplen unos requisitos como elasticidad de la demanda y la oferta, bienes privados que se consuman privadamente, información perfecta y ausencia de asimetrías. El problema es que el acceso al agua, la energía, la vivienda, la sanidad, la educación o el transporte no cumplen estos requisitos y el mercado es la peor forma posible de proveerlos. Es más, por mucho que incrementemos la competencia, no “produciremos más agua” ni tendremos más solares para construir más casas. Son bienes limitados y las dinámicas globalizadoras tienen un nefasto impacto, ya que el crecimiento económico impulsado por la “globalización” produce un incremento de su precio mediante burbujas que empobrecen a la clase media y suponen la barrera infranqueable de la pobreza absoluta, a pesar de que, como explicaré más adelante, los índices de precios al consumo maquillen esas presiones inflacionistas.

En definitiva, que a nivel teórico la globalización es nefasta para combatir la pobreza pero estamos convencidos que es la mejor opción. En consecuencia, las pruebas irrefutables a favor de la globalización deberían ser estruendosas, aunque no lo son. Ni tan siquiera llegan a nivel de prueba. Los tres países que se suelen citar como ejemplo de los efectos positivos de la globalización: China, India y Corea del Sur son modélicos por haber hecho justo lo contrario que occidente dictaba a sus países. Se concentraron en construir un Estado fuerte, un sector nacional industrial y promover el desarrollo mediante políticas públicas y luego se han ido abriendo al mundo. Como explica Jesús Nácher en esta entrada, la evidencia disponible permite afirmar que la reducción global de la pobreza es una tendencia continuada previa al fin de Bretton Woods sin correlación con la llamada globalización.

“¡Esto es un escándalo, un insulto a la ciencia!”, gritaran los economistas mainstream y sus palmeros, “¡cómo unos blogueros se permiten desacreditar a las instituciones internacionales más reputadas y a sus expertos!”. En mi defensa, puedo aconsejarles que lean esta conferencia del economista Xavier Sala i Martín titulada Globalización y reducción de la pobreza presentada en FAES y prologada por Esperanza Aguirre y comparen sus argumentos con los nuestros. Es más, podemos cuestionar la capacidad de este economista, porque cuando afirma que (pág. 2) Por cierto, no sé por qué razón dicen que la globalización empieza en el año 1980. Supongo que será porque es el año de llegada al poder de Thatcher y Reagan, y que a partir de ese momento vienen todos los males, demuestra una ignorancia suprema. Si acudimos al último informe del ICP del Banco Mundial de 2011 Purchasing Power Parities and the Real Size of World Economies entenderemos cómo de complicado es calcular la pobreza y la poca fiabilidad de los datos disponibles. Es más sabremos que (pág. 9):

The International Comparison Program (ICP) was established in the late 1960s on the recommendation of the United Nations Statistical Commission (UNSC). It began as a research project carried out jointly by the United Nations Statistical Office (UNSO) and the University of Pennsylvania. Comparisons were carried out in 1970 for 10 economies, in 1973 for 16 economies, and in 1975 for 34 economies. After the 1975 comparison, the ICP shifted from being a research project to being a regular operational part of the UNSO work program. It was also regionalized; comparisons were organized by region and then combined to obtain a global comparison. Comparisons were carried out in 1980 for 60 economies, in 1985 for 64 economies, and in 1993 for 83 economies.

Es decir, que los datos previos a 1980 no sirven para nada, pero los de la década de 1980 son malos. ¿Disculpen, señores economistas, están afirmando que no tienen datos fiables para hablar de estos temas, entonces, cómo podremos hacer políticas basadas en la evidencia? ¿Desde cuándo tenemos datos fiables? ¡Sorpresa! Desde 2011, como explican en el informe (pp. 2-6):

ICP 2011 achieved the first truly global coverage in the history of the ICP. Building on the impressive participation of 146 economies in ICP 2005, the 2011 round covered 199 economies, representing more than 90 percent of the world’s economies. The 199 economies account for roughly 97 percent of the world’s population and some 99 percent of the world nominal GDP (in U.S. dollars using exchange rates). Table O.1 shows the distribution of the economies covered, by region. In addition to this impressive coverage, a number of features distinguish this ICP round from the previous rounds: • For the first time in the history of the ICP, China fully participated in ICP 2011, following all the prescribed procedures and methods. In ICP 2005, China provided price data collected only from 11 cities or provinces. By contrast, for ICP 2011 China conducted nationwide surveys covering both rural and urban outlets in all provinces of the country. • India and Indonesia, the two other populous economies in the Asia and the Pacific region, also achieved coverage of both rural and urban areas in their collection of prices for consumption goods and services. • The Latin America region consisted of 17 economies in ICP 2011 in contrast to only 10 economies in ICP 2005.[…] The ICP is a complex international statistical project, and its methodology has evolved over several decades. Challenging measurement and index number problems have been encountered in implementation of the ICP. The ICP 2005 methodological approach represented a major step forward from the less satisfactory round in 1993. Along with improved governance, considerable progress was made in establishing procedures for price surveys; data editing and validation; and methods for dealing with comparison-resistant sectors such as housing, the government expenditure on health and education, machinery and equipment, and construction. In ICP 2005, the statistical methodology for linking was based on data collected for a set of Ring countries and on the estimation of linking factors to link regional comparisons in order to yield global comparisons. Learning from the invaluable experience gained through implementation of ICP 2005, the Technical Advisory Group recommended improved procedures in a number of areas for ICP 2011. As a result of these improvements and methodological innovations, ICP 2011 was significantly better than its 2005 predecessor. A few of these methodological innovations follow: • Coverage of rural and urban outlets. Because of the importance of achieving national coverage for price surveys, particular care was taken by the large economies to ensure adequate coverage of rural and urban outlets when collecting the prices of individual household consumption items. Efforts were made to reduce urban bias, thereby leading to reliable national annual average prices for use in the computation of PPPs both at the basic heading level and for higher-level aggregates. […] The methodology for ICP 2011 and its implementation by regions and the Global Office marked a significant improvement over ICP 2005. Some of the deficiencies in the methodology used in ICP 2005, including the Ring country approach for linking, were addressed by incorporating new methods designed to provide more reliable and robust estimates of PPPs and real GDP and its components. […]In 2011 the size of the world economy, as measured by world GDP, covered by the 177 participating economies, was $90,647 billion in PPP terms. Measured by exchange rates, the size was $70,295 billion. In the ICP 2005 final report, world GDP was reported to be $54,976 billion in PPP terms and $44,309 billion in exchange rate term.

Estas palabras resultan extraordinariamente ofensivas si las asociamos a la suficiencia con la que Xavier Sala i Martín o el Professor Fernández-Villaverde usan el PPP para determinar qué países son ejemplos de éxito y cuáles de fracaso, porque el PPP está mal hecho. No es sólo la absurda controversia teórica del Penn Effect o efecto Ricardo–Viner–Harrod–Balassa–Samuelson–Penn–Bhagwati, es que el PPP muestra una foto fija sesgada para periodos de siete u ocho años de tal forma que es imposible determinar la dirección de la tendencia, las causas, sus resultados y menos aún en una globalización que permite una movilidad de capitales de tal magnitud y rapidez que toda la especialización exportadora en textil hecha por un país como Marruecos se puede hundir en menos de seis meses por la subida de tipos de interés de la Reserva Federal, por una depreciación del Yuan o por una política antisindical más eficiente en Bangladesh. Los instrumentos de medición usados por los expertos son incompletos, están sesgados y no se pueden aplicar adecuadamente. Y sobre su supuesta autoridad y superioridad se ha construido un consenso cientifista irrefutable que no es más que un dogma impuesto por la fuerza de la respetabilidad académica.

En este sentido, es necesario remarcar que el Purchasing Power Parities and the Real Size of World Economies fija la pobreza en una renta de 1’25 dólares por día y persona. No estamos hablando de pobreza, estamos hablando de subsistencia. Esa renta es lo mínimo para comer y en ese cuadro estadístico vivienda, energía y transporte ni tan siquiera se computan. El problema es que esta metodología muestra unos aumentos de renta mayores que la realidad, al subestimar la inflación asociada a vivienda, energía y transporte. En sociedades poco dinámicas económicamente, no hay gran movilidad de personas y la presión sobre estos bienes limitados es menor y existen prácticas y mecanismos sociales que atenúan los problemas de distribución. Los crecimientos acelerados rompen cualquier mecanismo de solidaridad previo y favorecen rápidos incrementos de demanda sobre estos bienes, esto favorece la especulación, el aumento de precios y una nueva trampa social: hay que trabajar más para pagar un incremento del nivel de vida que dispara una movilidad social negativa hacia abajo. La movilidad social ascendente es un mito envuelto con el brillo de los títulos académicos, pero la dinámica social real es descendente. No hay posibilidad de mejora mediante la educación o la cualificación, se trata de una carrera para no caer hacia abajo. La globalización crea trampas sociales competitivas que aumentan la productividad, pero reducen la distribución. Sí, parecen aquellas viejas leyes marxistas de la concentración del capital.

Por lo tanto, todas las críticas vertidas contra Piketty sobre que las diferencias de renta entre países se están reduciendo y que ello implica una reducción de la pobreza no deberían admitirse. Es pura y simple propaganda. Sólo tenemos datos fiables para estudiar los países de la OCDE y en ellos vemos un aumento de la desigualdad y un incremento de la pobreza. Fuera de la OCDE la reducción de la pobreza no parece que sea consecuencia de la globalización, sino de políticas públicas promovidas por estados construidos tras la descolonización. Debería ser hora ya de que se instalase en la opinión pública que la principal causa de la reducción de la pobreza en los últimos 60 años ha sido la descolonización. No parece un argumento tan inverosímil, después de todo.

5 comments so far

  1. 1 jbenages
    10:47 pm - 1-24-2015

    Usted conoce el trabajo de Ha-Joon Chang? Es un profesor de economía en Cambridge y ha escrito algunos libros sobre este tema. Por ejemplo, el paper “Kicking away the Ladder” http://fpif.org/kicking_away_the_ladder_the_real_history_of_free_trade/ coincide bastante con su punto de vista.

  2. 2 SIRERA MIRALLES
    11:17 pm - 1-24-2015

    Directamente, no. Pero Jesús Nácher de la Proa del Argo sí y lo difunde bastante. Mi conocimiento proviene más de las controversias sobre la teoría de la modernización y el desarrollo (Rostow) y del clásico en estos temas: Gerscheron y su “El atraso económico en perspectiva histórica”, así como de los autores de la teoría de la dependencia o el sistema mundo (el caso de América Latina y, especialmente, India y su relación con la globalización). Ha-Joon Chang es un institucionalista y también bebe de ellos. Este debate, por cierto, empieza con la controversia entre la Escuela Histórica Alemana y los economistas ingleses, allá por 1870, tiene un largo recorrido y termina por dividir a los economistas entre neoclásicos e institucionalistas. En lo que estoy trabajando a nivel académico ahora es en cómo este debate desapareció de los centros académicos y se impuso el consenso de Washington.

  3. 3 Campos
    3:09 pm - 1-25-2015

    Se nombra a Sala i Martin no estaría mal hacer alusión a su manipulación:

    Why Sala-i-Martin’s Calculations of World Income Inequality are Wrong: http://128.118.178.162/eps/hew/papers/0305/0305003.pdf

  4. 4 Luis
    1:29 am - 1-26-2015

    Sólo para complementar el interesante artículo de Chang en relación al nacimiento de la industria textil británica (¿sustitución de importaciones en el siglo XVIII?):

    http://socialdemocracy21stcentury.blogspot.com.es/2010/06/early-british-industrial-revolution-and.html

  5. 5 SIRERA MIRALLES
    1:57 pm - 1-26-2015

    Hola Luis y Campos,
    mil gracias por las referencias. Sala i Martín se ha metido con el post por Twitter, según él “La milonga és dir que, com que no es mesura bé el PPP, no és cert que els països emergents no han crescut. És la reacció típica de la gent que anteposa ideologia a evidència: no t’agrada resultat? Rebutja les dades!!! Ah, i el menyspreu sobra”
    Lo curioso es que estuve pidiéndole unos días antes que me aclarase algunos datos que usaba en su conferencia y no me contestó (¿Quién desprecia a quién?). Imagino que como mi catalán suena demasiado valenciano, no me entendió. La próxima vez se lo pediré directamente en inglés o alemán por si se aclara mejor.
    Todo esto sin entrar a valorar el tono faltón de su conferencia, publicada en papel por FAES con prólogo de Esperanza Aguirre (Y somos los heterodoxos los que anteponemos la ideología, ¡habrase visto!)